Llamadas a Ser Eucaristía

MUJERES

custodiaReconocemos ante todo nuestro ser mujeres, dotadas de una particular inclinación a todo lo que es vida, capaces de engendrarla y sostenerla cada vez que nos dejamos alcanzar por el amor.

Mujer que asume y promueve la reciprocidad con el hombre según el plan de Dios, reciprocidad que es complemento. Al reconocer lo que en nosotras es límite y debilidad, nos abrimos al don de la ayuda y sobre todo, a la experiencia de que en lo débil se manifiesta el poder de Dios. Esta debilidad no nos impide afrontar situaciones difíciles y dolorosas, sino más bien, nos coloca de parte de la mujer.

Desde la sensibilidad y misión que nos son propias, sentimos en nuestra carne la violencia de que son objeto nuestras mujeres y nos colocamos decididamente en su defensa y al servicio de una cultura de la vida y de la solidaridad.

La riqueza de sentimientos, emociones y talante con que nuestro ser femenino nos dotó, nos permite ser apasionadas por Jesús Eucaristía y por esta parte de la humanidad que se nos confía.

En María reconocemos también a la mujer que supo vivir su feminidad como vocación al servicio de la vida.

La adoratriz, atraída por la experiencia del amor-misericordia de Dios, en

el itinerario de su vida, se deja acompañar y asume gradualmente las dimensiones del ser mujer. Hace camino de integración personal para poner lo mejor de sí al servicio de nuestra misión.

ABIERTAS

La apertura es una afirmación de la feminidad. Sólo en un amor que se abre a la acogida, la vida se genera y crece.

Nos abrimos a Dios. Como María, escuchamos su Palabra y en la profundidad de nuestro corazón acogemos su vida, que nos hace don para las hermanas y hermanos. Cultivamos nuestro corazón como la casa donde moramos con el mismo Dios.

Cuando nos acogemos como somos y nos educamos a ser dueñas de nosotras mismas, construimos las condiciones necesarias para salir de nuestro pequeño mundo y abrirnos a un mundo complejo y universal, en un abrazo que nos hace protagonistas y destinatarias de su suerte.

La apertura a las hermanas y hermanos, a todas las realidades que vivimos, va derramando nuestra vida como pan que se deja comer y se expresa en una relación libre y gratuita que integra afectividad y sexualidad.

NOS ABRIMOS A:

La comunidad compartiendo vida, fe y misión y haciendo de la participación en el banquete eucarístico el fundamento de nuestra comunión (Cf. C 4).

Las mujeres de nuestra misión, experimentando con ellas la alegría y el límite, capaces de transformar el dolor en vida, dejándonos evangelizar por ellas.

Los laicos, grupos e instituciones que trabajan con y como nosotras a favor de la mujer, poniendo en común con ellos, valores y recursos.

La Iglesia, pueblo de Dios con las mujeres y hombres que trabajan por una humanidad más digna y más igual.

Nos abrimos e insertamos en las distintas culturas acogiendo, respetando y  promoviendo sus valores.

De Micaela aprendemos el significado de ser mujeres abiertas. Como ella, al calor de la Eucaristía, nos formamos, crecemos y transformamos, para que nuestras actitudes y gestos, broten de un corazón rico en amor y misericordia.

LLAMADAS A SER EUCARISTÍA

llamadasLa realidad desde la que somos y miramos el mundo es la Eucaristía. Ella nos identifica y construye y nos impulsa a encarnar en nuestra vida su misma esencia.

Cuerpo entregado y sangre derramada: hacemos de nuestro ser adoratrices la mesa donde nuestra vida se convierte en pan partido para un mundo nuevo.

Celebración de lo que El es y de lo que somos: al celebrar la Pascua del Señor, nos disponemos a que El transforme nuestras muertes en vida y proclamamos la esperanza de la resurrección en nuestra acción liberadora. En la celebración encontramos el sentido de nuestra entrega.

Banquete: el pan que se parte y reparte nos alimenta y empuja, nos inquieta y fecunda,  nos reta a sembrar vida donde la muerte ha dejado su huella, llamándonos a encauzar la fuerza de su amor hacia nuestras mujeres.

Presencia: el Cristo presencia que adoramos, nos impulsa a comulgar con el mundo nos enseña a ser presencia, a veces silenciosa y discreta, otras ruidosa y profética,    siempre sanadora y recreadora.

Desde el Hacer Memoria, nacen y se forman nuestros valores y criterios. Hacemos memoria:

-Cuando nos dejamos amar hasta el extremo y damos la vida día a día por amor, como lo hizo Micaela (C 14).

– Al compartir con el Hijo su resistencia ante la cruz, en el camino del abandono al Padre.

– Cuando partimos nuestra vida y dejamos que sea alimento para otros.

– Cuando, creyendo en el poder transformador de Jesús, buscamos promover y extraer el bien de todas las formas de mal existente en el mundo y en el hombre (C 17).

La Eucaristía, que nos hace alimento y reconstruye, es el centro de nuestra actitud y actos de adoración. Micaela vivió profundamente esta vocación eucarística.

CONSAGRADAS

Asumimos personal y comunitariamente el don de la llamada y sus exigencias, expresando en la respuesta nuestro ser eucaristía. Vivimos la consagración como opción total por el Señor.

La adoratriz, encarna un modelo de consagrada inspirado en la experiencia de María Micaela quien, movida por el Espíritu y animada de un intenso amor a Jesús Eucaristía (C 1), se entrega a la misión de adorar-liberar.

Somos pobres, adorando descubrimos al Señor como nuestra única riqueza, que nos aparta de la lógica de la superioridad, del tener y del dominio y se hace solidaridad y comunión (Cf. C 29).

En nuestra Santa Madre, que se fió plenamente de la Providencia y dio su fortuna, fama y vida por El, descubrimos el camino de la pobreza adoratriz.

Desde la espiritualidad de lo suficiente elegimos vivir sencillamente en medio de los pobres, asumiendo nuestra pobreza personal y nuestra impotencia frente al mal. Con los pobres compartimos los recursos y la fatiga del trabajo. Especialmente con nuestras mujeres, ponemos en común casa, vida, temores y esperanzas. De ellas también aprendemos la paciencia, la esencialidad y a moderar nuestras necesidades y exigencias.

Vivimos según los criterios de una economía solidaria y sostenible, con la conciencia y responsabilidad de la injusticia que la desigualdad genera. Con nuestro estilo de vida, potenciamos la cultura de la gratuidad y de la solidaridad. La vivencia fiel de la pobreza nos enseña la relación que hemos de tener con los bienes creados y su recto uso, acogiendo el valor de la ecología y fomentando comportamientos que respeten y favorezcan su cuidado.

Comunitariamente compartimos la responsabilidad en el trabajo, la posesión y utilización de los bienes. Nos esforzamos por lograr un equilibrio entre el trabajo y el descanso y una relación justa con las cosas.

Nuestro ser Eucaristía expresa la pobreza en un estilo de vida sencillo y austero, responsable y solidario en el uso de los bienes. Al vivir “por Dios y para ellas” hacemos de Dios y de ellas nuestra riqueza.

Al profesar castidad, elegimos a Cristo único Señor que todo lo reúne para llenar el corazón y testimoniamos la posibilidad de un amor por El exclusivo, libre y duradero. Atraídas por el amor “grande y poderoso” de Dios, entregamos todo nuestro ser y capacidad de amar para darnos a todos creando comunión (C 25).

Vivimos el don gratuito de la castidad, alimentándolo en la Eucaristía que adoramos y celebramos y que da fecundidad a nuestra acción liberadora.

La renuncia consciente y libre a un amor humano de preferencia y exclusivo en nosotras, enriquece la personalidad con otro más oblativo, libre y universal.

Nuestra feminidad, asumida y vivida serena y gozosamente, se convierte en estímulo para otras mujeres que han perdido su dignidad y libertad, provocando su deseo de recuperarlas.

Nuestra manera de vivir el amor, es alternativa a una cultura señalada por el desorden amoroso y la sexualidad desintegrada. Vivimos la castidad como experiencia de un amor auténtico y la fuerza de Dios en la fragilidad humana.

La comunidad comparte y sostiene este amor consagrado, recreándolo en actitudes y gestos de fraternidad y reconciliación. La vivencia de este don, comporta un itinerario de crecimiento, orientado a conseguir madurez afectiva, equilibrio psicológico y purificación del egoísmo. El camino de ascesis cotidiana, nos hace experimentar la gratificante y difícil conquista de la libertad interior que dilata el corazón y lo capacita para amar como Cristo nos amó.

La obediencia de Jesús, sometido en todo al querer del Padre, lo lleva a permanecer con nosotros hasta el final, a ser Eucaristía. Este modo de obedecer es nuestro modelo y parámetro de obediencia, como lo fue para Micaela, que hizo de ella un acto de adoración que abarcó su vida entera.

La obediencia vivida como expresión de nuestro sí al Padre, no anula nuestra personalidad sino que nos conduce progresivamente, a una experiencia de verdadera libertad que rompe nuestras esclavitudes y ataduras más profundas.

En comunidad vivimos en interdependencia de unas con otras y hacemos camino de crecimiento en la autonomía personal y sentido de pertenencia.

Nos ejercitamos en la escucha, el diálogo y en el discernimiento a la luz de la Palabra y de los acontecimientos, para descubrir juntas los caminos del Señor (D 24). Desde estas actitudes, la función de gobierno, se convierte en mediación importante que promueve y fomenta la corresponsabilidad en la toma de decisiones y permite, a quien la ejercita, decidir por el bien de las personas y en fidelidad a la misión. En un mundo amenazado por el dominio y el poder, nuestra vida es alternativa de un camino vivido en libertad, solidaridad y compromiso.

SIGNOS DE MISERICORDIA

lavatorioEl Espíritu de Jesús, que vino a “buscar lo que estaba perdido, que acogió a la Magdalena, perdonó y liberó a la mujer sorprendida en adulterio y se manifestó a la Samaritana, es el espíritu que movió a Mª Micaela hasta dar la vida por estas mujeres” desde la experiencia del amor misericordioso de Dios (Cf. C 14). Ese mismo espíritu nos continúa moviendo y transformando. Al experimentar la misericordia de Dios en nuestra vida, nos convertimos en signos de esa misericordia, capaces de poner la mirada y el corazón, cada vez más, en la mujer afectada por la prostitución o víctima de otras situaciones que la esclavizan (Cf. C 2 y 17).

La adoratriz, en el itinerario del aprendizaje experiencial, se deja modelar y adora, en la experiencia dura del dolor, el Cuerpo roto y la Sangre derramada de Jesús, encarnado en la fragilidad y exclusión de la mujer a la que somos enviadas.

El reconocimiento de nuestro propio pecado y heridas, asumidos y sanados por la misericordia de Dios, nos ayuda a educarnos y formarnos como instrumentos de misericordia para con los otros.

En el transcurso de la vida, encarnamos el amor de Jesús que se hace misericordia,

que acoge, respeta, escucha, perdona y mira con ternura. Las actitudes de misericordia, van configurando el estilo de vida de la adoratriz y fluyen en todos los ámbitos de su ser-hacer y estar.

EN EL MUNDO

micaelamundoVivimos en un mundo caracterizado por varios fenómenos y tendencias que afectan a nuestra vida y desafían nuestra formación.

Nos urge reconocer los valores que ofrece toda cultura y situarnos en ella como presencia profética desde nuestro carisma. Sentimos el deseo de que, nuestro ser-hacer, sean significativos en este mundo, de que nuestro estar en él, sea comprometido. Es tarea nuestra, abrirnos al mundo y a las hermanas y hermanos que con nosotras habitan. Nos situamos en él, con mirada y actitudes de cordialidad, tolerancia, solidaridad, gratuidad y misericordia. Nosotras, adoratrices “porque creemos en el poder transformante de Jesús, buscamos extraer el bien de las formas del mal” (Cf. C 17).

Este mundo nos necesita ricas de humanidad, para poder hacerlo más humano, por eso hoy, nuestra presencia tiene que:

  • Anunciar que la liberación es posible porque hay un Libertador y lo hemos experimentado.
  • Testimoniar el triunfo de la vida sobre la muerte en nuestra acción liberadora.
  • Situarnos, audaz y creativamente, a favor de la mujer esclavizada por la prostitución o víctima de otras situaciones que la esclavizan (Cf. C 2).
  • Denunciar las situaciones y estructuras del mal que son causa de injusticia, desigualdad y exclusión, sistemas económicos neoliberales, poder, violencia, etc.
  • Sensibilizar el entorno concreto donde estamos, a favor de los derechos de la mujer marginada, implicándonos e implicando a otras personas y grupos.
  • Colaborar en la creación de una cultura alternativa de Reino. Nos comprometemos con actitudes y acciones que ayuden a instaurar una cultura de vida y una cultura congregacional que mire al mundo desde la Eucaristía.
  • Promovemos la educación en los valores de la ecología y defensa del medio ambiente, como una expresión de nuestra actitud a favor de la vida.

Todas somos responsables de este mundo y de esta cultura. A lo largo de la vida, desarrollamos en nosotras una conciencia crítica que, desde los enfoques de nuestro carisma, nos permita discernir lo bueno y lo malo que el mundo nos ofrece (Cf. Propuestas XXVII Cap. gral. pp. 8-10).

santa m micaela

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