Bebiendo de las Fuentes

En nuestro itinerario formativo, acudimos a grandes fuentes, manantiales de inspiración e iluminación. En ellas hallamos fundamentos, claves de interpretación y cuestionamientos para la vida. Las fuentes de las que queremos beber son permanentes e inagotables; aunque existan otras, éstas sirven a todas y a cada una de nosotras. Bebiendo en ellas, el Espíritu nos va formando.

La Eucaristía

cortesEs para nosotras la fuente por excelencia, ella va configurando nuestra identidad. Día a día nos alimentamos de Jesús Eucaristía y nos vamos transformando en alimento.

Al adorar, nuestra vida se va haciendo como la de Jesús y aprendemos a descubrir su rostro en los hermanos.

Al celebrar cada día, nos vamos haciendo conscientes de cuáles son las principales necesidades y deseos del ser humano y cómo en la Eucaristía son asumidos y celebrados en sus diferentes momentos: ser invitadas, ser perdonadas, ser iluminadas, ofrecer y ofrecerse, ser transformadas y ser enviadas.

Beber en el pozo de la Eucaristía, ha de ser un deseo constante de cada adoratriz, para llegar a ser expertas en su conocimiento y vivencia. Para ello, nos enriquecemos con un estudio teológico y cristológico actualizado.

La Palabra

palabraEs nuestra escuela interior, la fuente de la vida según el Espíritu. Día a día, ilumina nuestros ojos y nuestra mente, educándonos a la escucha silenciosa y a la acogida fecunda.

A la luz de esta Palabra, aprendemos el arte del discernimiento, que nos capacita para descubrir los signos del Reino en nuestra realidad concreta y a comprender las realidades del mundo y de la historia. La escucha de la Palabra, acompaña la vida de la adoratriz y es horizonte de todas nuestras palabras y gestos, de modo que la vida sea cada vez más su lugar de encarnación. Una formación bíblica teológica nos ayudará a tener un conocimiento más profundo de la Escritura y una adecuada interpretación exegética.

Las Constituciones

Son nuestro proyecto de vida, que nos orientan y confrontan personal y comunitariamente. A través de ellas, el Espíritu anima e impulsa el dinamismo y la unidad congregacional. Muestran un modelo de consagración que no cesa de inspirar nuestra identidad adoratriz.

Son nuestro modo de decirnos como familia religiosa, nuestra carta de presentación ante el mundo y la Iglesia. Las estudiamos y profundizamos como medio ordinario de formación, ya que ellas nos indican el camino y la concreción del Evangelio.

La sociedad-cultura

sta madrazoLos grandes fenómenos y tendencias socio-culturales que desafían nuestro modo de ser-hacer y estar, son también fuente de posibilidades y recursos.

En el medio donde estamos insertas, aprendemos a mirar la sociedad y la cultura con amplitud y conciencia crítica; leemos e interpretamos sus dinamismos internos, dialogamos con ella y reconocemos sus valores.

En esta fuente aprendemos los valores de la inculturalidad, la convivencia con las distintas religiones y el enriquecimiento en la diversidad.

Utilizamos los medios de comunicación social, como instrumentos de información y formación, nos acercamos a ellos con sentido crítico y responsabilidad.

La Iglesia

laicosEn la Iglesia, pueblo de Dios, humana y a la vez divina, encontramos “pozos” de agua viva, corrientes profundas que sacian nuestra sed de vida y liberación.

Reconocemos en esta fuente los diferentes carismas como don y en el intercambio de dones, nos complementamos y nos comprendemos como vida consagrada, más allá de las fronteras de nuestra Congregación. Desde nuestra identidad eucarística, bebemos en la Iglesia, porque “la Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía construye la Iglesia”.

En la Iglesia, profética y comprometida con el pueblo oprimido, seguimos aprendiendo que la liberación es posible. El diálogo ecuménico nos refuerza en la necesidad y el valor de la comunión.

En el Magisterio y Tradición de la Iglesia, con su historia de grandeza y límite, nos abrimos al misterio de Dios encarnado. Aceptamos la riqueza y el desafío de ser presencia activa en y con la Iglesia local.

La historia

Existimos en la historia y la construimos, en cuanto que cada generación modela la siguiente y refleja la anterior.

Nos ejercitamos en la lectura de la historia de salvación, que se realiza a través de las historias humanas de pueblos e individuos. Aprendemos a conocer y a hacer memoria de la propia historia personal y a interpretar los mecanismos de la naturaleza humana, descubriendo en ella, el paso de Dios. El conocimiento cordial de la historia del pueblo y ambiente donde vivimos y trabajamos es fundamental para la inculturación y el anuncio.

AYUDADAS POR

1- Agentes y mediaciones

Las adoratrices somos parte de una humanidad inquieta, necesitada de paz y esperanza que se siente frágil y envejecida, hambrienta y a veces herida, como el ser humano caído junto al camino. Necesitamos el paso compasivo del samaritano, encarnado en tantos samaritanos de hoy y ser ayudadas en la forma y momento oportuno, para levantarnos y vivir, desde nuestra realidad, este aquí y ahora como un kairós.

Alma de toda ayuda es el Espíritu, quien a su vez, impulsa a animar. Es el Espíritu quien llama y suscita la respuesta. Es El quien dirige y posibilita el proceso personal y comunitario de ser educadas, formadas y transformadas, para que emerja el ser auténtico de las oscuridades del yo, –ser educada-, se moldee y configure al estilo de Jesús –ser formadas– y sepa discernir y abandonarse a su múltiple acción – ser transformadas –. Sólo el Espíritu transforma y renueva las realidades que deben ser potenciadas o mejoradas.

Los samaritanos que nos ayudan desde sí y desde los recursos del entorno, nos estimulan e impulsan a hacer nosotras lo mismo. Entre estas ayudas reconocemos a tantas personas que, junto con cada una de nosotras, son agentes y mediadoras de nuestra formación.

Cada hermana

Cada una de nosotras es la primera y principal responsable y agente de su proceso formativo, para en él, dejarse tocar y moldear por el Espíritu, que la conduce al crecimiento y madurez a los que está llamada.

Nos ayudamos de forma continua de todos los medios al alcance, entre los que destacamos: la oración diaria, los tiempos fuertes de conversión, la acogida cotidiana de la Palabra, la participación en la celebración eucarística, la lectura de cuanto acontece en nuestra vida y entorno, el estudio y reflexión sistemático de los temas necesarios para nuestra vida y misión.

El proyecto personal, que intenta encarnar en la propia vida el proyecto de Jesús, es un medio continuo para mantenernos alerta al Espíritu y concretizar la respuesta.

La Comunidad

Es agente y a la vez mediadora de formación, porque en ella, aprendemos el arte de vivir juntas para crecer juntas, dejándonos formar, iluminar, redimensionar, cuestionar por las hermanas con quienes vivimos.

La relación interpersonal es, o puede ser por sí misma formadora, puesto que pone en juego lo específico de cada persona y exige la acogida de las otras. Cualquier situación comunitaria puede ser para nosotras, inicio o avance en el proceso formativo, si de ella sabemos aprender la lección que la vida nos quiere dar. Para ello, necesitamos la iluminación y confrontación con las hermanas que viven la misma situación.

Como comunidad de vida, cada una nos hacemos responsables del crecimiento de la otra y nos estimulamos en el camino de seguimiento.

Como comunidad apostólica, nos formamos al poner en común todo nuestro ser y tener, a favor de una misión concreta, consensuando criterios, decisiones, trabajos y tiempos.

Como comunidad de fe, nos ayudamos a discernir y a asumir el querer de Dios y nos vamos conformando al estilo de Jesús. El proyecto de vida comunitario nos ayuda en nuestro crecimiento.

La misión apostólica

Es la misión apostólica la que, en el día a día, moldea el corazón adoratriz, asemejándolo a las actitudes de Jesús, que busca lo que estaba perdido (Cf. C 14).

Las destinatarias, implícita y constantemente, nos exigen actitudes evangélicas. Son ellas las que, evidenciando sin reservas su dolorosa realidad personal, nos muestran la verdad del ser humano, del que igualmente somos una encarnación.

La responsabilidad de esta misión liberadora, exige de nosotras capacitación personal, estar atentas y aprender las importantes asignaturas de la vida:

  • La naturaleza humana, sus potencialidades y heridas, el dolor y las distintas muertes.
  • La necesidad ontológica de relación interpersonal y los abusos de relaciones injustas.
  • La realidad sublime de la sexualidad y las aberraciones en torno a ella.
  • La necesidad de medios para vivir y los estragos causados por el abuso y prepotencia del dinero.

Esta panorámica sociocultural, evidenciada en sus vidas, nos ayuda e impele a descubrir y encarnar estilos de vida alternativos a tales situaciones, en concreto, a vivir los votos y la comunidad, como alternativa.

Ellas, escuchadas en su grito existencial, son escuela de adoración, porque nos ponen exigentemente ante la realidad misteriosa de Dios, radicalmente diverso, bueno, poderoso y liberador y nos colocan de modo realista, ante nuestra propia humanidad, tan semejante a la de ellas.

Los laicos

laicos2Nos ayudan a evidenciar que el carisma es un don para compartir. Esta reciprocidad nos provoca el vivir una vitalidad renovada; más allá de nuestras debilidades y envejecimientos, el Espíritu nos empuja a una fecundidad.

Conjuntamente, somos invitados a comprometernos en procesos de transformación de nuestras comunidades, para que seamos más abiertas y acogedoras en nuestras mentalidades, con el fin de pasar de ayudadas por los laicos a compartir el carisma con los laicos.

Los gobiernos

Nuestro estilo de vida consagrada, cuenta con ayudas habituales, en esta grande y continua tarea de ser educadas, formadas y transformadas. Tal proceso formativo es favorecido por los gobiernos, a través de la función que a ellos compete de animar, es decir, dar ánima al cuerpo que somos, sea a nivel personal, comunitario, provincial o congregacional.

Los gobiernos, en sus diferentes niveles, como agentes de procesos formativos, impulsan y dinamizan el Plan de Formación. Para ello:

  • Coordinan las diferentes mediaciones, así como las energías y recursos encaminados a la formación.
  • Promueven y fomentan la corresponsabilidad en la formación.
  • Acompañan a las hermanas y comunidades en la búsqueda de sentido  y significatividad.
  • Potencian los carismas y valores personales al servicio de la misión y ponen todos los medios en la preparación de hermanas que puedan realizar el servicio de acompañamiento. –– Para el desempeño de estas funciones y finalidades, se ayudan de la colaboración de los equipos de formación.

Secretariados y equipos de formación

Necesitamos estructuras y grupos de apoyo a fin de que el camino formativo sea dinamizado. Contamos con secretariados y equipos de formación que orientan, impulsan y acompañan los procesos.

En cada provincia existirá el secretariado ampliado de formación que impulse el PGF, coordinando todas las etapas de la vida.

2- INSTRUMENTOS

En este caminar por la vida formándonos y a la vez haciendo camino al andar, contamos con instrumentos que creemos imprescindibles. Entre ellos:

El discernimiento

Como actitud, debe ser para nosotras un instrumento de uso cotidiano. El ejercicio de discernir es un medio para entrar en el proyecto de Dios y vivirlo.

Potenciamos esta dinámica, discerniendo personal y comunitariamente la voluntad de Dios, que nos llega a través de diversas mediaciones.

El acompañamiento

Es el servicio que realiza quien sigue de cerca, como testigo en la fe, el proceso de crecimiento que vamos haciendo. Es una relación de ayuda que tiene en cuenta la persona en todas sus dimensiones.

El acompañamiento nos ayuda a objetivar nuestra situación, a tomar conciencia del querer de Dios sobre nosotras y a dar una respuesta en fidelidad.

Damos gran importancia al acompañamiento personal, porque lo sentimos necesario para que nuestro proceso de crecimiento pueda realizarse. Además, para nosotras, la experiencia de ser acompañadas, nos hace aprender a ejercitarnos en el arte de acompañar los procesos de liberación, propios de la misión apostólica.

Dinámicas de sanación

La realidad de cada una y en especial algunas situaciones históricas y personales, pueden requerir una especial ayuda de sanación. Conscientes y responsables de ello, nos disponemos a ser ayudadas y proporcionamos los instrumentos oportunos a tal efecto. Por eso:

  • Aceptamos o pedimos ser acompañadas por personas competentes.
  • Vivimos con particular cuidado e intensidad los tiempos litúrgicos y momentos que nos ayudan a la sanación o liberación total, como examen de conciencia, sacramento de la reconciliación, acto penitencial en la Eucaristía, etc.
  • Participamos en escuelas o cursos de reconciliación y perdón y nos ejercitamos constantemente en ello.

3- Cultura de la Eucaristía

eucaristiaNosotras, adoratrices, queremos mirar el mundo desde la Eucaristía; anunciar la buena noticia del Banquete del Reino en el que se parte y comparte el pan para todos. Anunciar con nuestra vida, que Dios se hace presente a la humanidad, se entrega a ella y nos llama a ser Eucaristía.

Jesús, en la última cena, nos deja su ejemplo y consigna, su entrega y servicio “para que vosotros hagáis como Yo he hecho con vosotros” (Cf. Jn 13, 15).

Nuestro código genético desde el que somos y expresamos nuestra identidad es la Eucaristía. Ella va fraguando nuestro ser mujeres adoratrices, al modo que se fraguan lentamente los elementos naturales, primero trigo y uva, para ser luego pan y vino, hasta llegar a ser cuerpo y sangre de Jesús.

Este itinerario arranca desde las realidades más naturales, las asume, respeta y conduce progresivamente, hasta convertirlas en Eucaristía por la intervención del Espíritu. Ella es modelo de nuestro ser y actuar en el mundo y en nuestra misión.

Comer el pan y beber el vino, nos lleva a una entrega que hace también de nosotras, comida y bebida para nuestros hermanos: “haced esto en memoria mía” (Cf. Lc 22, 19).

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